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En 1987 Jesús Gil llegaba a la presidencia del Atlético de Madrid con el fichaje de Paolo Futre bajo el brazo, haciéndose notar inmediatamente tanto por su peculiar forma de ser como por la impaciencia con sus entrenadores. Gil no tenía inconvenientes en destituir a sus entrenadores a la menor de cambios y eso convirtió el banquillo el ‘Atleti’ en una ruleta rusa y por consiguiente el modelo deportivo era un caos.

Por aquella época el baloncesto comenzaba a vivir un momento dulce, y Gil se encaprichó (como otras tantas veces) en expandir el imperio de su ‘Atleti’ al deporte de la canasta. El Atlético ya había tenido varios proyectos baloncestísticos pero ninguno cuajó. Hay que remontarse hasta 1922 para encontrar el primer proyecto baloncestístico rojiblanco, aunque la iniciativa apenas duró un año. Intentos posteriores en las décadas de los 30, 40 y 50 tampoco terminaron de consolidarse. La penúltima se produjo en 1983, cuando el Atlético se asoció con el Fortuna, club que militaba en Primera B. Deportivamente hablando la campaña fue un éxito, con el ascenso a la ACB, pero al término de la temporada la directiva disolvió la sección por motivos económicos.

Gil no tenía paciencia (una virtud tan demandada en el deporte y tan poco dada) para construir un equipo desde cero y verle evolucionar poco a poco. Lo quería para ya, como aquel niño caprichoso que lo quiere todo para ayer, y tuvo la idea de comprar en 1989 la plaza del CB Oviedo, que jugaba en Primera División (la segunda categoría del basket nacional por aquel entonces).

El objetivo era claro y contundente, conseguir el ascenso cuanto antes a la ACB, y más a corto que a largo plazo, poder competir de tú a tú con Madrid, Barça y Joventut, que eran por aquel entonces los equipos más punteros de nuestro baloncesto. Pero el sueño finalizó antes de lo previsto y aquel equipo entrenado por Mateo Quirós y comandado por Terence Rayford y Quino Salvo descendió a la Segunda División, tras caer en el playoff ante el Lagisa Gijón. La tenacidad de Gil estaba a prueba, y ese no era el momento de rendirse sino de buscar otras alternativas para conseguir el sueño de ver a su ‘Atleti’ metiendo canastas.

Walter Berry vs Arvydas Sabonis
El plan alternativo pasó por llegar a un acuerdo con el Collado Villalba en el verano de 1990, un equipo de la localidad de la sierra madrileña situada a treinta y nueve kilómetros de la capital. El CB Collado Villalba militaba en la ACB y pasaba por dificultades económicas tras el abandono de su patrocinador (el BBV) y que se encontraba al borde de la desaparición. Era evidente que ambas partes salían beneficiadas al unirse y ahora solo era cuestión de planificar un proyecto para mantener la categoría sin apuros, ¿y por qué no?, pelear con los grandes de nuestro baloncesto más pronto que tarde. Nacía el Atlético de Madrid-Villalba. La característica camiseta rojiblanca con el pantalón azul irrumpía con fuerza en la ACB.

Para afrontar la temporada 1990-91, el proyecto Atlético de Madrid-Villalba optó por Clifford Luyk para ocupar el puesto de entrenador y por mantener la estructura de jugadores nacionales en plantilla. Continuaban en el equipo Carlos Gil y Quique Ruiz Paz (bases), Javier Gorroño, Andrés Valdivieso y Luis Barros (exteriores), y Antón Soler e Ion Imanol Rementeria (pívots). A ese núcleo se le añadió Javier García Coll, ex de Estudiantes, y que posteriormente lograría la Copa de Europa (hoy Euroliga) con el Real Madrid de Arlauckas y Sabonis.

Por aquel entonces los extranjeros eran quienes marcaban realmente las diferencias, eran los que daban el salto de calidad a los equipos. Del acierto de sus fichajes dependía el aspirar a cotas altas o verse sumido en los infiernos deportivos. Con esas premisas Gil apuntó alto y fichó a Shelton Jones y Walter Berry, ambos presentados a bombo y platillo en el estadio Vicente Calderón. Ambos eran dos jugadores con un caché muy importante, tanto es así que se rumoreó que Berry cobraría 180 millones de las antiguas pesetas y Jones 120, una auténtica barbaridad para aquella época.

Ambos americanos se conocían bien, al haber coincidido en la Universidad de St John’s de Nueva York. Jones promedió en su último año en la NCAA (1987-88) 18.6 puntos y 8.8 rebotes, lo que le valió para ser elegido en el puesto número 27 de la segunda ronda del Draft de 1988 por los Spurs. Sin embargo, no cuajó, y pasó por tres equipos en su año rookie finalizando en la CBA. Si bien es cierto que consiguió el cuarto puesto en el concurso de mates de la NBA de 1989.

Berry había sido una auténtica estrella juvenil. En su última campaña universitaria promedió 23 puntos, 11.1 rebotes y 2.1 tapones por encuentro, lo que le hizo ser merecedor de los prestigiosos premios Adolph Rupp, John R. Wooden y Oscar Robertson. Fue elegido en el primer equipo All American y también mejor jugador de la Big East Conference. Su calidad, su gran envergadura (que le permitía capturar muchos rebotes) y, sobre todo, un talento innato para este deporte le llevaron a ser seleccionado en la posición décimo cuarta el Draft de la NBA por los Blazers.


En Portland coincidió con el malogrado Fernando Martín, teniendo ambos la mala fortuna de no contar con apenas minutos para mostrar su talento. Ante esa falta de confianza por parte del entrenador Mike Schuler, los Blazers traspasaron a Berry a los Spurs a cambio de Kevin Duckworth, y en San Antonio sí que lograría demostrar su calidad al promediar 15.3 y 16.2 puntos en las dos temporadas que estuvo en la franquicia tejana. Pero llegaron los problemas extradeportivos y con ellos su traspaso a los Nets y posteriormente a los Rockets hasta concluir su carrera en la NBA. Llegaba el momento de poner las miras en el viejo continente de la mano del Paini Napoli de Italia, donde promedió 19.2 puntos y 7.7 rebotes.

Con esas referencias era obvia la táctica que emplearía Clifford Luyk, constantes balones a Jones y Berry para jugárselas en uno contra uno, tras previos aclarados. Es impensable en los tiempos que corren emplear esa táctica, pero los números que dejaron ambos no mienten. En el primer partido de Liga disputado contra el Pamesa Valencia, con Walter Berry lesionado por un esguince de tobillo, Jones arrancó en plan estelar. Con sus gafas a lo Abdul-Jabbar, encestó 41 de los 71 de su equipo y recogió 14 rebotes… Llegó a promediar en los tres primeros partidos 33.3 puntos (lanzando 94 tiros de campo en esos tres encuentros) y 11.6 rebotes.

Walter Berry debutó en la jornada 4, frente al Real Madrid. La derrota ante los blancos (99-107), en un emocionante partido que necesitó una prórroga para decidirse, no impidió que Berry ofreciese una auténtico recital que aún recuerdan los presentes aquel día en el Polideportivo Municipal de Collado Villalba y los que lo vieron por TVE52 puntos y 15 rebotes (56 de valoración) fueron los números de Berry aquella inolvidable noche.


Exhibiciones de ese tipo se repitieron durante la temporada: 40 puntos al Estudiantes y al Huesca, 36 al Joventut, 38 al TAU… hasta superar en cuatro ocasiones los cuarenta puntos, lo que le permitió ser el máximo anotador de la competición con 29,6 puntos. Sin obviar que capturó 11,5 rebotes por partido. Impensable hoy en día que un jugador finalice la temporada promediando dobles dígitos en puntos y rebotes.



A pesar del gran rendimiento de Berry el equipo no terminaba de arrancar y Gil, aplicando su receta futbolera, no tuvo paciencia con Luyk y lo destituyó en la novena jornada tras haber ganado solo dos partidos. Su sustituto fue Tim Shea que supo dar con la tecla para que el equipo fuera poco a poco encadenando victorias. Pero había otro problemas más, Jones, que no aceptó ser el segundo plato, y tuvo que ser cortado en Enero por sus celos hacia Berry y la incompatibilidad entre ambos. Su sustituto fue Howard Wright, un pívot con un perfil que encajaba como anillo al dedo con Berry.

El Atlético finalizó la temporada como quinto clasificado del grupo impar (aquel año la competición se dividió en dos grupos: par e impar) con 17 victorias y 17 derrotas, lo que le valió para clasificarse para los playoffs. En octavos de final se enfrentaron al Valvi Girona de Quim Costa y Margall, con Alfred Julbe en el banquillo, al que derrotaron en dos partidos. En cuartos, el Joventut de Lolo Sáinz, Jordi Villacampa, Montero y los hermanos Jofresa, a la postre campeón, apeó al 'Atleti' que terminó su temporada con la clasificación para la Copa Korac del año siguiente y la satisfacción del objetivo cumplido. Era el momento de ir pensando en afianzar el proyecto y soñar con cotas más altas.

Sin embargo, la situación dio un vuelco de 180 grados tras finalizar aquella esperanzadora temporada y en verano, tras un rifi-rafe entre el Ayuntamiento de Villalba y Jesús Gil, en la que el presidente Atlético amenazó con llevarse al equipo a Marbella, la unión “Atlético de Madrid y CB Collado Villalba” se disolvió. Para lo bueno y para lo malo así era Gil, el capricho le había durado una temporada.

Ya sin patrocinio y sin Berry, que se marchó al Aris de Salónica, el Collado Villalba afrontó la temporada 1991/92 como pudo, cayendo en la segunda ronda de la Copa Korac ante el Iraklis griego y quedando último en la ACB, aunque consiguió la permanencia en el playoffs de permanencia ante el Gran Canaria (3-2), que no le sirvió para mantener la categoría. Las penurias económicas obligaron al equipo a renunciar a su plaza en la ACB y desaparecer ese mismo verano de 1992.

Desde entonces el ‘Atleti’ no ha vuelto a encestar una canasta. Las claves: plantear proyectos cortoplacistas y a golpe de comprar plazas, no formar una cantera,  plantear malos objetivos (como derrotar al Real Madrid)…

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