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He de reconocer que de muy niño me gustaba el lado oscuro de la fuerza, el fútbol, mi sueño era emular a Paco Buyo en las pachangas que montábamos en campos de albero con los amigos. Sin embargo, hubo un antes y un después cuando un día haciendo mini zapping, recuerdo que llovía a mares y por eso andaba por casa, encontré en La2 un partido de baloncesto en el que jugaba el Real Madrid y la ¿Cibona?, ¿Quién diablos era ese equipo? Y como no tenía nada que mejor que hacer, en aquella época los niños no teníamos tanto entretenimiento virtual (internet, móviles, consolas, solo dos canales televisivos…), me dispuse a verlo para matar el tiempo.

Poco a poco me fue enganchando aquel partido, como un amor inesperado me fue cautivando en cada acción, en cada segundo, y todo por culpa de un diablo con cara ángel y el pelo un tanto a lo afro que hacía lo que le daba la gana cada vez que tenía el balón entre sus manos. Recuerdo que aquel número diez del Cibona encestaba de tres como si se tratase de una bandeja, driblaba como si el balón formase parte de su cuerpo y sobre todo se divertía a costa del rival por su supremacía de talento, clase y calidad, por no mencionar que se enemistaba con la afición del Madrid con cada canasta por sus gestos desafiantes y chulescos… ¿Quién era aquel jugador? ¿Quién era ese ‘puto’ genio? No podía ni quería pestañear para no perderme aquel clinic de baloncesto, un deporte al que hasta entonces no le había prestado la más mínima atención.

Supongo que ya sabréis de quien os estoy hablando, de Drazen Petrovic, el genio de Sibenik, “aquel chaval que era un ángel en privado, y que en la cancha era un autentico demonio” en una acertada definición de quien mejor le conocía, su madre, Biserka Petrovic.

Desde aquel día del que no recuerdo la fecha con exactitud, solo hubo una obsesión en mi vida, emular a Petrovic en cada gesto, en cada acción, en cada movimiento y por tanto mi vida ya estaba ligada para siempre al baloncesto. En mi habitación había infinidad de posters de basket, predominando como podréis imaginar los de Drazen, una pequeña canasta detrás de la puerta con su correspondiente pelota de gomaespuma (mi madre se ponía frenética cada vez que ponía trastear en el cuarto con ella), un balón muy desgastado del gran uso que le daba a diario y que guardaba en un porta red que colgaba del techo.

Cada mañana me levantaba muy temprano para llegar el primero al colegio y así poder echar unas canastas antes de entrar en clase. No me importaba las inoportunas inclemencias del tiempo. Podía llover, ventear, hacer frío o lo que a la climatología le viniese en gana, a mi me daba igual, tenía que jugar si o si, tenía que echar unas canastas y jugar con los amigos. Y no solo eso, en el recreo pasaba de desayunar con tal de jugar el máximo tiempo posible, había que exprimir cada sorbo del día para poder practicar este maravilloso deporte y todo gracias a Petrovic, del que nunca le estaré lo suficientemente agradecido.

Recuerdo que también hacía los deberes al mediodía, puesto que aquella época había cole por la mañana y por la tarde (turno partido), con tal de poder jugar cuando las clases terminaban definitivamente. Recuerdo que me enfadaba muchísimo si no conseguía irme a casa encestando cincuenta triples (quería emular su prodigiosa muñeca) porque se me hacía de noche y el portero me echaba literalmente del colegio… “Cualquier día te doy las llaves del colegio para que abras y cierres tú” me decía casi todos los días al comprobar que siempre llegaba antes que él por las mañanas y por las tardes era su único compañero al cierre del mismo. A tal obsesión llegó mi pasión por jugar, que los fines de semana me saltaba la valla del colegio (tarea nada fácil) con tal de echar unas canastas.

Como era lógico y normal me volví loco de alegría cuando me enteré que Drazen iba a jugar en la ACB de la mano del Real Madrid. Ya no había excusa para perderme cada partido, para comprar revistas, periódicos o cualquier cosa que hablase de sus “obras y milagros”, como su libro: “Así llegué al Real Madrid, mi vida”, que fue el primer libro que me leí de cabo a rabo no solo una vez, más bien diría que perdí la cuenta, y se convirtió en un amigo inseparable.



Gracias a ese maravilloso libro, que aún guardo como el mejor de mis tesoros, entendí que Drazen no era un jugador normal ni un deportista común, más bien era un Dios de la mitología baloncestística al aunar talento, disciplina, sacrificio, determinación, liderazgo y esfuerzo de superación en una sola persona: “Quiero ser mejor que ayer y mañana mejor que hoy”, ese fue su lema durante toda su carrera como quedó demostrado con creces y que exhibía de que pasta estaba hecho.

Drazen fuiste mi primer Dios baloncestístico y como tal hiciste que me enamorara de este deporte, que no pudiese dejar de practicarlo, que no pudiese dejar de leerlo, estudiarlo, escribirlo, compartirlo, debatirlo… ¡¡¡Gracias Drazen, para mi fuiste mucho más que un simple jugador de baloncesto, desde que tu llama se apagó en 1993 no he tenido la suerte y el privilegio de ver a alguien jugando con semejante superioridad, solo Michael Jordan lo hizo.!!!

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