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Tras el primer three-peat de los Chicago Bulls y ante la trágica muerte de su padre, Michael Jordan decidió retirarse de las canchas en busca del equilibrio emocional y reencuentro con el amor por el basket. Ese primer retiro duró aproximadamente temporada y media (de 1993 hasta marzo de 1995), tiempo durante el cual Scottie Pippen llegó a comprender lo que supone ser la estrella y líder de un equipo, pues hasta 1993 siempre había vivido a la sombra de Jordan como su fiel escudero con el desconocimiento que supone el ser referente único de los focos tanto dentro como fuera de la pista.

Una vez asumido los galones como lugarteniente de los Bulls, Pippen catapultó a Chicago a un balance de 55-27 durante la temporada regular (3ª mejor marca del Este, por detrás de Atlanta y Knicks respectivamente) y  hasta las semifinales de la Conferencia Este donde Chicago se topó con su peor enemigo, los Knicks, cobrándose Ewing, Starks y compañía la vendetta por las afrentas anteriores al conseguir la clasificación para la Final de Conferencia por 4-3 en el computo global de la eliminatoria.

Esa mancha en su expediente no quitó la excelente temporada firmada por el ‘33’ de Chicago a nivel individual con 22,04 puntos, 8,7 rebotes, 5,59 asistencias y 2,93 robos en los 72 partidos que jugó de la regular season, estadísticas que vinieron precedidas de grandes actuaciones como la firmada el 8 de marzo de 1994 ante los Hawks, que esa temporada fueron los primeros en la División Central con un registro de 55-27.

Ese día Pippen demostró el jugador total que llevaba dentro con 39 puntos (17/27 TC), 6 rebotes, 10 asistencias y 9 robos en la victoria de Chicago sobre Atlanta por 116-95.


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