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Escribo estas líneas sin saber que decir o escribir por estar todavía en estado shock. Aún, varias horas después, tengo la piel de gallina y el corazón partido por la trágica pérdida de Kobe Bryant y por todas y cada una de las personas que iban en el helicóptero.

Solemos pensar, o al menos yo, que personas de fama mundial de Kobe están envueltos por un halo, burbuja o espiritualidad que los protegen de situaciones trágicas como la ocurrida, que son inmortales, y la vida nos enseña con estas innecesarias lecciones, que todos somos de carne y hueso, mortales a fin de cuentas, y que a la hora de la verdad la muerte nos llama a todos por igual, que tenemos que vivir el presente como si no existiese un mañana.

En el caso de Kobe, tengo que decir que no formaba parte de su club de fans, pero sí que era un enamorado de su juego, por aquello de su similitud con Michael Jordan. Fue tal su grandeza y leyenda sobre la pista, que si no hubiese existido el número 23, Kobe hubiese sido el mejor de todos los tiempos, al menos para mí, ahí lo dejo.

Quiero pensar, para no atormentarme más con este maldito desenlace, que Kobe, con la sonrisa que siempre le caracterizaba, la sonrisa del jugón, estará echando unas canastas con su amada hija Gianna, y otros grandes como Petrovic y Martín en su nueva casa, el cielo. Los partidos seguro que serán épicos con la voz inconfundible de Andrés Montes desde la grada.

Y es que la vida elige nuestro destino cuando menos te lo esperas, sin previo aviso, para hacernos recordar que los héroes van y vienen, pero que las leyendas y su legado son eternas: “Diviértete, la vida es demasiado corta para estar molesto o desmotivado. Tienes que seguir moviéndote, pon un pie frente al otro, sonríe y disfruta cada instante”. Precisamente ese es el mejor homenaje que podemos rendirle, hacer caso a sus palabras.

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