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Es la época del año donde se discuten los MVP’S de la ACB y la NBA en temporada regular. Augusto Lima, Felipe Reyes, Pau Ribas o Sergio Llull en nuestro país, y Stephen Curry, James Harden o Russell Westbrook al otro lado del charco, son los nombres más mencionados en las diferentes ‘discusiones’ baloncestísticas para ser el mejor de sus respectivas ligas. Pero yo digo que esos debates son banales y que ninguno de ellos es el auténtico y genuino jugador más valioso de la temporada, todos ellos no integran los valores que la verdadera MVP no solo de la temporada sino de nuestras vidas ocupa nuestros corazones.

En mi caso hablaré de mi madre, esa persona que lo dio todo y más cuando a consecuencia del divorcio allá por año 1984 se vio con una mano detrás y otra delante para criar a su hijo de seis años. Seguramente el miedo le invadiría cuando tuvo que regresar a su pueblo en busca de un futuro muy incierto y algo sombrío, y más cuando los meses transcurrían de forma inexorable sin que las puertas de la vida laboral le dieran un resquicio.

Pero ella luchó contra viento y marea para no solo encontrar varios trabajos (siempre pegando muchos ‘fregonazos’) con el que mantener a flote la pequeña unidad familiar, sino también para encontrar tiempo (de donde no lo había) para ir a ver jugar a su pequeño al baloncesto tras largas jornadas de trabajo de mañana, mediodía y tarde por unos salarios irrisorios (¿y nos quejamos ahora?) para poder vivir decentemente y pagar de muy en vez en cuando los caprichos de su niño: alguna que otra camiseta de baloncesto y reemplazar un balón de basket muy desgastado por el frecuente uso que su pequeño le daba sin parar.

Por eso, a la auténtica MVP de la mi existencia, a la que la vida no siempre le ha sonreído como debería y que no le ha devuelto con creces todo lo que ha luchado, se ha sacrificado y sufrido durante aquel matrimonio un tanto tormentoso, le quiero dedicar esta carta ahora que la vida le ha puesto otra zancadilla en forma de enfermedad crónica y a la vez maldita que sufren muchísimas personas en esta planeta de forma diferente y variante que afectan a los tejidos u órganos empeorándonos con el transcurso del tiempo:

“Cuando me siento muy solo, cuando la vida me hace pasar momentos de reflexión y de tristeza, siempre recurro a ti. Me refugio en tu regazo para sentirme protegido del mundo y del tiempo, y me hundo en esa sensación de paz que me deja sentir tu amor infinito.

Alimentas mi alma y mi ser, y a la vez eres la enfermera de mi corazón. Me has dedicado tu tiempo para cuidar y sanar mis heridas de cuerpo y alma. Me has dado todo sin pedir nada a cambio, dulce y abnegaba, llena de fuerza y entereza, que mueve montañas y rompes las cadenas para volver  a acunarme en tus brazos.

La vida te llena de sinsabores, de dudas, de dolores… pero solo existe en el mundo un ser capaz de dar su vida en aras del amor. Un ser que se envuelve en la bandera de la esperanza, que te da la vida y te permite formar parte de la suya sin egoísmos y sobreponiendo tus anhelos, sueños y esperanzas por encima de todo.

Benditas seas por darme sabiduría y esperanza, por enseñarme el sendero de la felicidad, por amarme y cuidarme, y sobre todo por formar la mejor palabra de cuatro de letras que existe en mi vocabulario: MAMÁ”.

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