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Erase una vez un chico de color llamado Miguel que amaba el  baloncesto por encima de todas las cosas. Era tal su pasión por el deporte de la canasta que todos los días y durante muchísimas horas jugaba 1vs1 con su hermano, no saliendo victorioso en la mayoría de ocasiones. Pero en lugar de claudicar esas derrotas le hicieron forjarse un espíritu de superación y sacrificio prácticamente invencibles para un futuro inimaginable e impensable para él y para todos lo que le rodeaban o rodearían. 

Como todo chico de su edad su sueño no alcanzaba más allá de entrar a formar parte del equipo del instituto y pensaba que estaba lo suficiente preparado para ser uno de los elegidos, pero como en otras tantas ocasiones muchas veces se vive en una nube de sueños de la que el destino te hace caer con un soberano puntapié. Miguel se enfrentó a la cruda realidad al mirar una y otra vez la lista de los jugadores elegidos para el equipo y comprobar que su nombre no aparecía por ningún sitio. Comprensiblemente corrió a su casa y se encerró en su cuarto para derramar muchas lagrimas de frustración y tristeza, y nadie mejor para sofocar esas lagrimas que su madre, la cual lo acogió entre sus brazos y entre besos y caricias le susurro: “Demuéstrale que se equivocan, da todo lo que tienes dentro para ello, si lo haces y no te escogen no tendrás nada que reprocharte a ti mismo”.



Esas palabras junto con la sensación amarga de derrota hicieron que Miguel se prometiese a si mismo que jamás volvería a saborear tal sensación en su espigado cuerpo y para ello se entregó en cuerpo y alma a un propósito, ser seleccionado en la siguiente ocasión. Y así ocurrió, fue tal su dedicación a su obsesión que no lo sólo consiguió ser elegido en la siguiente oportunidad, sino que se convirtió en el mejor jugador de su instituto.

Se había convertido en el amo y señor de un universo que casi sin querer y darse cuenta se le había quedado pequeño, con lo cual Miguel tenía que ampliar sus miras y horizontes, y plantearse con ello un reto mayor, la universidad. Ese salto tanto a nivel cultural como deportivo era sin red, si se caía no habría segunda oportunidad y muchos pensaron que el bueno de Miguel chuparía banquillo durante sus cuatro cursos académicos y que tras la graduación volvería a su pueblo para trabajar en una gasolinera o algo por estilo.

Pero una vez más el espíritu de superación y sus condiciones innatas para el deporte de canasta dieron más de un guantazo a los agoreros y Miguel, bajo el halo del coach Bob, fue adquiriendo la técnica individual y colectiva de la que adolecía hasta fecha de forma sorprendente, como si de una esponja se tratase, para crecer aún más como jugador. Todas esas lecciones y horas extras de trabajo entre bambalinas tuvieron su culminación en la final por el título universitario, cuando Miguel encestó el tiro ganador al quemarle el balón a algunos de sus compañeros más experimentados.

“Ese tiro cambiará tu vida por completo”, esas fueron las palabras de su padre Jaime nada más conseguir el título. Y no se equivocaba en absoluto, aunque quizás nunca llegó a imaginar que su hijo llegaría al clímax baloncestístico en un futuro que le abría de par en par las puertas, pero que aún quedaba lejos para darle todo y más.

Tras esa canasta, era el último empuje que necesitaba para terminárselo de creer, el juego de Miguel creció de manera exponencial y sobresaliente convirtiéndolo en el mejor jugador universitario del país. Fue una llama que se encendió en su interior para no apagarse nunca jamás y que le empujaba casi sin darse cuenta a anhelar cada vez retos mayores. Y como ya había sucedido con anterioridad, la universidad se le quedó micro pequeña en comparación con el siguiente desafío, una liga llamada Asociación Nacional de Baloncesto.


Dicho y hecho, Miguel quería conquistar esa liga en la que ya no sería el único rey, sino más bien uno de los grandes jugadores que habitarían en ella, y para convertirse en el monarca supremo no imaginaba que tendría que pasar un calvario de sangre, sudor y lagrimas con un equipo de montón. Miguel era muy bueno, sin lugar a dudas, pero el estereotipo que se tenía en esa monumental liga para alcanzar el triunfo eran jugadores por encima de los 2,10 y él no reunía ese perfil con sus 1,98, de ahí las reticencias del equipo de los Cohetes primero y Chaquetas después a la hora de elegirlo para comandar sus proyectos. Y casi de rebote, pues a buen seguro que pensaban igual que los Cohetes y Chaquetas, el equipo de los Toros eligió a Miguel para que los sacara de la tumba en las que estaban enterrados.

Miguel brillaba como una moneda nueva al abrírsele ese parque jurasico que era esa descomunal liga, pero sin ser consciente en el berenjenal en el que sus Toros le habían metido al ser un equipo perdedor, algo inconcebible para su ego ganador. Pero antes de verse envuelto en esa vorágine tendría otro cometido, representar a su país en unos juegos olímpicos.

¿Quién no ha soñado con representar a su país en el mayor de los eventos deportivos, unas olimpiadas? Así que para nuestro protagonista era quemar otra etapa u otro capítulo de su libro de los sueños, que a buen seguro para él era de lo más normal, pero para el resto de los mortales no, ganar una medalla de oro defendiendo el escudo y colores de tu país.

Nuestro príncipe, pues este relato podría estar sacado de un cuento de hadas, hizo que su selección se paseará bajo su liderazgo y talento, dejando boquiabiertos a todos aquellos que no le conocían pues era una época casi medieval, dónde nada estaba globalizado y en dónde nunca antes se había visto a un jugador con tal capacidad atlética y de anotación. Finalmente como ocurre en las mejores historias de los grandes protagonistas, Miguel se colgó la medalla de oro como la culminación a unos grandísimos juegos olímpicos.

Ahora era momento de centrarse en su equipo, los Toros, y la empresa no iba a ser nada fácil. Miguel tenía que entregarse en cuerpo y alma al propósito de la victoria al estar rodeado de compañeros menos talentosos con un espíritu perdedor como gran etiqueta. Nuestro protagonista no se arrugó ni muchísimo menos e hizo lo que hasta ese momento mejor sabía hacer: anotar, anotar y anotar de manera obsesa, pues pensaba que ese era el camino para aupar a sus Toros a lo más alto, pero como quedaría demostrado más adelante estaba equivocado.

Su primera temporada estuvo llena de éxito a nivel individual al ser nombrado el mejor debutante de la liga, palabras mayores y la mejor carta de presentación posible ante sus contrincantes y el reino baloncestístico al que pertenecía, que se abría camino poco a poco de la mano de un señor llamado David, que iba construyendo los cimientos de una liga que si a esas alturas era grandiosa, más adelante llegaría a ser descomunal.

La segunda temporada estaría marcada por una lesión que le dejó en el dique seco la mayor parte del curso, pero no por ello arrojó la toalla y luchó contra viento y marea para estar listo en el tramo decisivo de la temporada, las eliminatorias por el título. Allí se topó con los Celtas, capitaneados por un jugador que se apellidaba Pájaro, y que en esos momentos era el mejor jugador de ese reino baloncestístico junto con otro jugador apodado Mágico, ahí es nada.

A Miguel no le amedrentó el hecho de verse las caras con aquel mítico y legendario equipo, y muchísimo menos con el tal Pájaro, ya que deseaba más que nada en el mundo ese trono en el que estaban aposentados los Celtas y no se le ocurrió otra cosa que anotar la friolera de 63 puntos en el Jardín, el nombre de la pista de los Celtas. Nuestro protagonista anotó canastas de todas las formas que nuestras mentes puedan llegar a imaginar, y a lo mejor ni con esas fantaseamos su heroica hazaña. Hasta tal extremo llegó su colosal actuación que Pájaro dejó para la posteridad esta frase: “Hoy Dios se ha disfrazado de jugador de baloncesto”.

Dios se había disfrazado de jugador de basket con casi toda probabilidad pero no había podido ejercer el milagro de transformar a los Toros de la noche a la mañana en un equipo ganador, o con talento para aspirar a más en esa serie contra los Celtas o en un futuro cercano, y tendrían que pasar unos cuantos años más para verlos en la cúspide.

En las temporadas sucesivas, como relataba, el equipo fue creciendo sin prisas pero sin pausas de la mano de dos nuevos jugadores que ayudarían a terminar de ensamblar el engranaje del equipo, Horacio y ‘Pip’, sobre todo este último. Pero a pesar de esas dos grandes incorporaciones los Toros se encontraron con un tremendo escollo, ‘Los Chicos Malos’, un equipo que les hizo morder el polvo durante tres años consecutivos llegando a exasperar a Miguel a límites inimaginables.

Esos chicos malos practicaban un juego diametralmente opuesto a lo que liga acostumbraba, un baloncesto un tanto cicatero y siempre al borde de la falta, por no mencionar que dominaban como nadie el arte del otro basket, es decir, el de sacar de quicio a tu oponente con argucias, estratagemas y lenguaje viperino que hacían que los Toros perdieran los estribos con la consecuente descomposición como equipo.


Entre medias de esos sin sabores llegó un Maestro Zen que introduciría en el equipo la filosofía correcta, jugar como conjunto, pensar que cada uno de sus miembros es importante dentro de su rol y sobre todo y más significativo, inculcar a Miguel que anotar muchos puntos no era el camino correcto para llegar hasta el campeonato, que tenía que involucrar a sus compañeros, confiar en ellos ciegamente, amén de darle el aspecto que le faltaba, el mental. Con ese último ‘toque’ a su juego, Miguel ya era un jugador totalmente completo y superior a sus oponentes, y ahora solo quedaba demostrarlo a nivel colectivo con el campeonato.

Otra prueba de fuego para el Maestro Zen fue inculcar en sus jugadores el triangulo ofensivo, un sistema de ataque que si se llegaba a ejecutar a la perfección era prácticamente imparable, pero para ello se necesitaban muchas horas de entreno y prácticas, y confiar en él plenamente, aspecto en el que también mostró sus reticencias iniciales Miguel.

Como era de esperar para todo equipo campeón que se precie, el tiempo de cocción fue demasiado lento para nuestro protagonista, demasiado diría yo, pero como relataba un equipo campeón no se hace de la noche a la mañana y más aún si tienes enfrente a ‘Los Chicos Malos’.

Pero tras siete años de travesía por el desierto y tragar mucha ‘basura’, nuestro héroe y su equipo estaban lo suficientemente preparados para asaltar la montaña, para hondear la bandera de campeones y prueba de ello fue la magnífica temporada que realizaron. Aunque nada servía si no eran capaces de refrendar su inmensa mejoría como equipo sino eran capaces de ahuyentar sus viejos fantasmas en la eliminatoria que daba acceso a la gran final contra los Chicos Malos.

Los Toros no solo ahuyentaron a sus propios miedos, sino que además barrieron y dieron toda una lección de baloncesto a los Chicos Malos, demostrando al mundo que ganar no era sinónimo del basket que practicaban sino todo lo contrario. Un equipo campeón tenía que practicar un juego estilista y preciosista, y ellos eran el paradigma de ese baloncesto que les deparaba un futuro más que halagüeño… Ellos eran el futuro del basket, al menos en esa década que empezaba a caminar.

Una vez adelantado por la izquierda ese gran escollo, los Toros llegaban a la final ante los Laguneros de un jugador que poseía cinco títulos, Mágico, y que era considerado uno de los tres mejores jugadores de la liga, junto a Pájaro y Miguel, aunque este en menor medida por no haber ganado aún nada a nivel colectivo.

Para todo el mundo baloncestístico era la mejor final o el mejor escenario posible, Mágico vs Miguel o Miguel vs Mágico, como prefieran. Era el pasado frente al futuro, si hablamos de los dos equipos, aunque insisto, todos los focos se centraban en las dos superestrellas.

En el primer partido de la final, al mejor de siete, los Toros pagaron la novatada de su primera presencia en la lucha por el título y los nervios estuvieron presentes en casi todos los jugadores, a excepción como es lógico y normal de nuestro héroe. Cuando peor pintaban las cosas, él tiro del carro para igualar la contienda y llevar el choque a un final apretadísimo donde no pudo terminar de rematar la faena al fallar un lanzamiento sobre la bocina, o más bien el aro no quiso que el balón besara la red al escupir su tiro, y su equipo perdió.

Pero como en otras tantas ocasiones Miguel tiró de su propia autoconfianza para asegurarse no solo de ganar el segundo partido, sino de ganar el campeonato, el primero, para sus Toros en un título que dejó para la posteridad dos acciones de nuestro protagonista: su sollozo en los vestuarios abrazado al título de campeón, y una jugada en el segundo partido cuando en el aire se cambió el balón de mano para dejar una majestuosa bandeja con la izquierda cuando parecía que iba a machacar.


Lo más difícil estaba conseguido, ¡ser campeón tras siete años de travesía por el desierto! Y con él llegó la confianza de saberse los mejores para auparse con dos títulos más en las dos siguientes temporadas y encumbrar a Miguel como el mejor jugador del mundo. Pocos equipos, ni tan siquiera los Celtas de Pájaro o los Laguneros de Mágico, habían sido capaces de conseguir tres campeonatos de manera consecutiva. El Rey ya no podía ser cuestionado de ninguna de maneras, Miguel estaba aposentando desde su trono real y los demás jugadores/equipos se postraban ante él.

Pero entremedias del segundo y tercer anillo, nuestro protagonista, no sin antes mostrar alguna que otra reticencia, decidió formar parte de una selección que fue denominada como el ‘El Equipo de los Sueños’ por la unión de los mejores jugadores del planeta o de casi todos en un mismo equipo. Miguel, Pájaro, Mágico… la Santísima Trinidad del Baloncesto encabezan aquel elenco de estrellas que durante un mes aproximadamente hicieron las delicias de aficionados y rivales (todos ellos mostraban tal pleitesía, que consideraban un autentico premio el enfrentarse a ellos).

Eran las segundas olimpiadas de nuestro héroe y como era de esperar el oro colgó de su cuello en una ciudad, Barcelona, que disfrutó con las fiestas baloncestísticas que este equipo de los sueños impartió cada día que saltaba a la pista.

Después de tal borrachera de éxitos Miguel se sentía hastiado hasta el punto de pensar en retirarse, y su padre era el principal valedor de esa idea. Sin embargo, una trágica noticia haría que la balanza terminara declinándose hacia el lado oscuro, la retirada. El padre de nuestra estrella fue hallado muerto en su coche tras ser asesinado y eso no hizo sino terminar de ‘matar’ el amor que sentía por el baloncesto.

La noticia sacudió al mundo de baloncesto que se quedaba sin su Rey, sin su máxima autoridad. Aunque meses más tarde otra noticia anunciada por Miguel sacudiría más aún a la prensa… ¡Quería jugar al beisbol profesional!

Todos se lo tomaron a broma, excepto él, que día tras día se esforzaba al máximo para dar lo mejor de sí en este deporte que su padre siempre amó y en el que quiso que Miguel se probase. Pero esta aventura a nivel deportivo no fue fructífera, pero si a nivel emocional y terapéutica, pues le enseñó de nuevo el camino correcto, ese que perdió tras tantos éxitos en el basket, ese que todo jugador nunca debe olvidar: la pasión.

Mientras nuestro protagonista se encontraba asimismo, sus Toros llevaban año y medio intentando sobrevivir sin él, y anhelaban como agua de mayo el regreso de Miguel. Aunque no se podía decir quién añoraba más a quien, ya que el corazón de nuestro Rey empezaba a sentir la llama de la pasión y el amor por el baloncesto y solo necesitaba un empujoncito para volver.

Esa ayudita llegó de la mano de sus compañeros y en especial de su gran amigo Pip, que le propuso el reto de intentar volver a la cima con un cuarto campeonato, y ese desafío era el que necesitaba para volver a enfundarse la camiseta de los Toros.


A pocos partidos para la eliminatoria por el título Miguel anunció a la prensa: “He vuelto”. Todo el planeta baloncestístico estaba de enhorabuena, el Rey retornaba a las pistas en un nuevo comienzo, y como tal Miguel decidió hacerlo con el número 45, en lugar del 23 como había portado en su anterior etapa.

Todo el mundo pensaba que con él sus Toros lograrían el cuarto título, pero la realidad le aguardaba otro destino bien distinto. Miguel no era el mismo jugador que año y medio antes, tenía la clase y la técnica de antaño pero no era capaz de jugar bien en los momentos decisivos. De hecho era tal su frustración que retomó el número 23 en la búsqueda de encontrarse consigo mismo, con aquel jugador depredador y determinante. Sin embargo ese ‘truco’ no le surtió efecto y sus Toros quedaron eliminados por un equipo joven y al alza, ‘Los Mágicos’, en una serie en la que Miguel mostró ser un mortal, o más bien, un jugador normal y corriente.

Tras esa humillación, nuestro héroe se prometió a si mismo que la temporada siguiente estaría listo para volver, que regresaría siendo el Rey y que recuperaría su trono a toda costa. De aquello sacó una gran lección, por muy bueno que seas necesitas entrenar tu Don, sino es así lo pierdes.

Para recuperar su habilidad se entrenó como poseso durante todo el verano, y prácticamente solo ‘descansaba’ para ayudar a un equipo en serios problemas con unos extraterrestres, los ‘Looney Tunes’. Aquel estrambótico equipo estaba compuesto por unos personajes peculiares: un conejo, un pato, un demonio, un pájaro, un gato y muchos más… Y como era de esperar Miguel consiguió que sus nuevos amigos ganaran aquel partido a vida o muerte contra los extraterrestres.

Los rectores de los Toros, entre ellos el entrenador Zen, tenían claro que necesitaba a un jugador que ayudase en el rebote y la defensa interior si querían que Miguel alcanzase el cuarto entorchado. Y tuvieron la rocambolesca idea de fichar a un jugador apodado ‘El Gusano’, cuya personalidad podría denominarse de excéntrica. Aquella decisión solo tenía dos términos, o salía bien o hacía estallar el vestuario en mil pedazos acabando por completo con el sueño de volver a reinar.

Sin embargo, y afortunadamente, aquel fichaje salió a las mil maravillas porque Miguel se encargó de encauzar al ‘Gusano’ por el buen camino, e implantó en el resto del equipo un apetito voraz e insaciable por cada victoria, que hasta entonces había sido inusual en el mundo del basket. A tal extremo llegó el hambre del equipo que firmaron una temporada antológica con 72 partidos ganados y tan solo 10 derrotas en temporada regular, poniéndole la guinda con el cuarto anillo ante los ‘Supersónicos’.


De nuevo el baloncesto se postraba ante nuestro protagonista y su equipo, y lo harían de forma exuberante cuando ganaron otros dos campeonatos más, hilvanando de esa manera tres títulos de manera consecutiva como en la primera época. Pero lo que realmente terminó de convertir a Miguel en Leyenda y Dios del Baloncesto son los siguientes relatos:

En el quinto campeonato y en el partido número cinco de la serie frente a los ‘Jazz’, Miguel tenía gripe y su participación en el mismo era seria duda. Era un partido muy crítico ya que la serie llegaba empatada a dos victorias y quien ganase ese asestaba un golpe casi mortal a su enemigo. Sabedor de ello y casi deshidratado Miguel saltó al parquet para liderar a su equipo hacia la victoria, en un partido que quedó para los anales de la historia en una actuación magistral y soberbia del ‘23’.

Y si aquella actuación ya había sido de cine, al año siguiente y con el sexto campeonato en juego ante el mismo equipo, pero esta vez en el partido número seis y con ventaja 3-2 para los Toros, Miguel realizó la jugada con la que sueña todo jugador, anotar la canasta que da un título a tu equipo. Con tres puntos abajo y con menos de un minuto por jugarse el ‘23’ encestó de manera rápida para poner a los suyos a uno. Luego, tirando de otra de sus habilidades, el aspecto mental, supo que la estrella de su rival, ‘El Cartero’, sería quien recibiría el balón al poste bajo. Así que aguardó el momento oportuno, olvidándose del jugador que tenía que defender, para robarle el balón al ‘Cartero’ y sin pedir tiempo muerto, pues el rival estaba medio grogui tras su recuperación, amasó la bola para llegado el momento que el estimase conveniente romper a su defensor y anotar la canasta que le daba a los Toros el sexto anillo.


Aquello fue el clímax, el apogeo, la exaltación… la culminación de una historia tan cierta como increíble del Rey del Reyes del baloncesto. De una persona que fue tocada por una varita el día de su nacimiento, por una persona que cambió el baloncesto y que nunca jamás podría tener parangón alguno tras sus grandísimas gestas sobre una pista de baloncesto.

Todo aquello desembocó en su segunda retirada, ¿la definitiva?, todo hacía indicar que así era pues no había mejor guión que ese. Pero para Miguel no sería este el último capítulo de su cuento de hadas y a la edad de cuarenta años decidió volver para probarse ante las nuevas estrellas de la liga, en un equipo diferente, ‘Los Magos’, y aunque los éxitos a nivel colectivo no llegaron, a nivel individual Miguel demostró que a los 40 tenía un gran hueco en aquella liga, totalmente diferente a la que él había dejado hacia tres años… Sin lugar a dudas demostró que la magia seguía viva en él y su leyenda se agrandó hasta cotas insospechadas, quizás hasta ser considerado el MITO con mayúsculas de este maravilloso deporte llamado baloncesto.

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